Cuenta Catalina Porzio en su libro "Viñamarinos" que un día , Hugo Zambelli, el poeta que leía de pie, en atriles, hizo algo surrealista: armó una pila con sus libros, encendió la chimenea y quemó toda su poesía.
En Las estaciones (1801) de Haydn se escuchan ranas croar y el cacareo de los gallos. Este compositor no quería incorporar aquello en su obra, pero se vio forzado a hacerlo por el barón que se la había encargado. El mismo Haydn diría luego que esos elementos de su oratorio eran "basura afrancesada". Beethoven, su pupilo, se burlaría de esos símbolos de lo pastoril, pero se vería enfrentado a su incorporación cuando empezó a crear la Sinfonía Nº6, llamada, Pastoral (1808). ¿Cómo retratar la dicha de Dios en la contemplación de la naturaleza? ¿Cómo representar la vida del campo, con sus sonidos propios, frente a los de la ciudad? ¿Será necesario poner a gallos a cacarear y a ranas a croar? Esas son las mismas preguntas que se hacen quienes publican arte político también. ¿Será necesario decir "a x lo mató la policía", "queremos la paz", "basta de matarnos"? O, por el contrario se puede producir música que sin un mensaje explícito, entregue uno ...
Hace poco Mike Patton dio una entrevista a La Tercera y se prodigó ofreciendo sus mejores recomendaciones sobre discos y películas para la cuarentena. Sigo de reojo la carrera de Patton fuera de Faith No More y siempre me ha parecido un animal musical, esto es, un tipo capaz de ejecutar diferentes versiones de sí mismo en los más contradictorios géneros musicales. Por lo mismo, su mente funciona como una rica biblioteca donde su curiosidad intelectual hace convivir el mambo con el metal más profundo. Así que apenas vi la nota pinché el link y quise ver de qué hablaba. Como era tarde, guardé en mi mente la idea de leer el artículo para el otro día. Expectante me desperté y abrí el mentado sitio. Allí relucían como perlas de un antiguo mar los artistas que Patton hacía visible al mundo entero: Les Baxters, André Popp, Yma Sumac, Jean-Claude Vannier y, por último, algo que se anunciaba como "The Voyager Golden Record", entre otros. Quedé prendado de la arquitectura...
Creo nunca haber visto al guitarrista Wes Montgomery (1923-1968) hasta hoy. Sabía de él hace ya mucho tiempo, pues en su momento estaba alucinado con todo lo que hiciera la banda chilena de jazz Ángel Parra Trío que, en ese entonces, era el desvío que tres de los integrantes del grupo Los Tres habían encontrado para persistir en sus búsquedas musicales. Me maravillaba con los solos del guitarrista Ángel Parra (en realidad, Ángel Cereceda Orrego) que bebían, cómo no, de la poesía de Montgomery. Pero a éste yo no lo había visto hasta hoy. Y me doy cuenta pues no puedo parar de reparar en que tocaba sólo con el dedo gordo de su mano derecha. Me parece brillante y elegante a la vez, pese a que a ese dedo nunca lo caracterizaríamos así. Uno de los más grandes guitarristas se batía sólo con uno de sus dedos y, en particular, el gordo. Como para tomar nota. Me recuerda la historia de los dedos quemados de Django Reinhardt y cómo ello cambió la historia del jazz. Pero esa es o...
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